Navidad en Manhattan

Estilismos familiares de Navidad en Manhattan

Jerseys de ciervos, botas de Primark…

NAVIDAD EN MANHATTAN

Extracto:
relinks.me/B00OYTC1VY

“— Y ¿el joven Maksim tiene algo que hacer por las mañanas? Seguro que con él nos daría tiempo a ver muchas más cosas.
—El joven Maksim —dije mirándole y él se dio la vuelta para no romper a reír—, trabaja.
—Es cocinero ¿verdad? Mira qué mañas tan buenas se da con la plancha, con los cafés. Este chico trabaja en una cafetería, se lo he dicho a tu madre.
—Es ingeniero naval. Hace sondas muy modernas.
—Es un chico muy completo —dijo mi abuela al tiempo que lo miraba de arriba abajo como si fuera un Velázquez, es decir, con admiración y deleite—. ¿Y tiene novia?
—Sí —respondí al instante.
—¿Sí? ¿Tiene novia y acepta que viva contigo? ¡Vaya novia!
¡Menudas tragaderas! —exclamó mi madre muy ofendida.
—Quise decir que tuvo novia. Es otra de las razones por las que está aquí viviendo… —Ya la había vuelto a liar, de nuevo en un jardín del que no me iba a sacar ni mi abuela.
—¿Cómo es eso? —preguntó mi abuela.
—Veréis, sí, es una historia muy triste, ya lo veréis, sí, tristísima… —Maksim dejó por un momento sus huevos revueltos para observarme más que divertido. ¡Cómo se lo estaba pasando!—. Dos pisos más abajo vivían Maksim, el abuelo y su novia.

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—¿La novia del abuelo? ¡No me digas más! Es un mafioso de libro. ¿Dónde nos ha metido Susana, dónde? —preguntó mi madre con sus mejores maneras de actriz de tragedia griega.
—El abuelo no tiene novia, mamá. La novia era la de Maksim que se acabó yendo con su…
—¿Abuelo? —Mi madre terminó la frase.
—Qué obsesión tienes con el abuelo, mamá. No. Se fue con su mejor amigo, con su amigo de la infancia…
—¿Qué hacía en Nueva York su amigo de la infancia? Otro ucraniano supongo… —supuso mi madre, que cuando se pone ansiosa, la da por suponérselo todo.
—Vino para ver la ciudad por un par de días…
—¡Eso es optimismo! —exclamó mi madre dándose una palmotada en el muslo—. ¡Ver Nueva York en un par de días! Nosotras tenemos cuatro días por delante y ya me he tomado un Lexatin de la ansiedad que me ha entrado al ver la jornada que tu abuela ha planeado para hoy.
—Es que su amigo Iván es un atleta profesional, un corredor de 10.000 metros que ha dado muchas tardes de gloria a Ucrania.
—Mira qué bien —dijo mi abuela asintiendo con la cabeza.
—También ha ido a las Olimpiadas.
—¿Y? —preguntó mi madre a punto de hiperventilar.
—Que dedicó un día a ver Nueva York y el otro a robarle la novia a su mejor amigo.
—¡Es más rápido que don Juan Tenorio! —concluyó mi abuela fascinada.
—A Maksim le traen tantos recuerdos el apartamento de aba-
jo, que entenderéis que prefiera estar aquí.
—Pues yo no le veo muy triste —opinó mi madre mientras daba lánguidas vueltas con la cucharilla a su poleo humeante—. Es más, diría que está como a punto de partirse de risa. Miradle.
—Es por la forma de su cara.
—Yo le veo muy guapo —apuntó mi abuela.
—Sí, pero por su estructura facial parece como si siempre estuviera a punto de echarse a reír… —expliqué muy seria.
—Susana se me había olvidado la de bobadas por minuto que puedes llegar a decir. —Y a mí lo dulce y delicada que es mi madre.
—La niña tiene razón, mírale. Si parece que está a punto de morirse de risa…
—Ya os lo he dicho… Por cierto ¡estáis estupendas con los vaqueros! —decidí cambiar de tema para que Maksim no rompiera a reír. Y cambié de tema mintiendo, porque no estaban estupendas. Estaban raras. Jamás en mi vida las había visto de
semejante guisa, como si fueran dos actrices en decadencia de vacaciones en Aspen, Colorado: con vaqueros, jerseys de lana con ciervos y Ugg’s del Primark.

ciervos
—Yo siento que voy disfrazada. Pero tu abuela ha insistido en que nos vistamos así y ya sabes lo tozuda que es.
—Hay que mimetizarse con el entorno como se hace en el mundo animal —explicó mi abuela.
—No creo que haya nadie más que nosotras en Nueva York capaces de llevar estos horribles jerseys de ciervos.

botasprimark
—¿Prefieres que se note a la legua que eres guiri? Si vamos con nuestras ropas españolas vamos a dar tanto el cante como los alemanes rosados que se pasean por la plaza Mayor. ¿Qué quieres que nos atraque hasta el Tato?
—Mamá, no voy a discutir”.

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