Amor Fú

Doña Inés y la última frontera

Uno de los procesos que más polémicas suscitan cuando analizamos novelas románticas es la mutación del cabrón con pintas en peluchín amoroso. ¿Un tío mujeriego, perdona-vidas, vanidoso y egoísta, puede transformarse en una criatura amorosa, sensible, fiel, generosa y humilde?

¿De verdad tenemos el poder de cambiar al hombre que amamos? ¿Por qué nos seduce tanto la idea de la redención del malote?

Como es Halloween voy a tomar de ejemplo a Doña Inés de Zorrilla que, aunque sea figura fantasmal de apariencia antigua y apolillada, es perfecta para ejemplificar a priori aspectos de la condición humana tan interesantes como: la atracción por el canalla,  la tendencia a domesticar al crápula y lo que yo denomino el mal de Torquemada o lo que viene a ser el gustazo por convertir al infiel.

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Don Juan no necesita presentaciones, todo el mundo lo conoce: ¿No es verdad ángel de amor…? Es ese señor que solo necesita cinco días para seducirte, engañarte y salir por piernas.

uno para enamorarlas,/ otro para conseguirlas,/ otro para abandonarlas,/ dos para sustituirlas,/ y una hora para olvidarlas.

Según los expertos, Don Juan es un histérico de libro incapacitado para mantener relaciones de amor estables en las que superar la agresividad y el odio propio de relaciones infantiles. Además, su afición al aquí-te-pillo-aquí-te-mato podría obedecer a que padece algún tipo de problema sexual, tal vez  impotencia o eyaculación precoz, o bien que fuera un adicto al sexo gimnástico como respuesta a un abuso infantil.

En cualquier caso, es alguien con problemas que buscaría en ese frenético ir de flor en flor, el amor perdido de la madre. De hecho, no aparece la madre ni ninguna figura femenina en la vida de Don Juan, a excepción de Doña Inés. ¿Supliría entonces esa ausencia materna con una vida amorosa desaforada? Podría ser que su comportamiento fuera el de un Edipo vengativo, que ejerciendo de depredador no pretendería más que aniquilar lo que  le ha provocado tanto dolor y sufrimiento: lo femenino.

Don Juan es una víctima y doña Inés con toda su supuesta ingenuidad y candidez es capaz de ver no solo al conquistador y al aventurero que todo el mundo admira, al hombre con una gran carga experiencial que es garantía de diversión absoluta, sino también al hombre herido que se oculta detrás del fanfarrón, del calavera, del frívolo, del arrogante, del burlador de mujeres.

Doña Inés se siente muy atraída por este hombre diferente, tanto que decide rebelarse contra su destino monjil, dejarse llevar por la pasión y, de una forma inexorable, enamorarse hasta las trancas de don Juan, que recibe su amor como un regalo de Dios para salvarlo.

            No es, doña Inés, Satanás/quien pone este/amor en mi:/es Dios, que quiere por ti/ganarme para/él/quizás.

Y esa convicción es la que le hace ponerse de rodillas, arrepentido, ante su suegro el Comendador para pedir la mano de su amada, si bien este lo desprecia, lo espolea y acaban retándose en un duelo en el que el padre de doña Inés perderá la vida.

Sin esperanzas ya de salvación y culpando a Dios de lo sucedido, don Juan huye a Italia:

Llamé al Cielo y no me oyó,
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el Cielo, y no yo.

Cinco años después, Don Juan regresa a Sevilla, y un día de visita al cementerio se topa con el sepulcro de doña Inés, que ha muerto de pena ante la imposibilidad de su amor.

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De súbito, la muchacha se le aparece en forma de fantasma para rogarle que se arrepienta de sus pecados, pues es la única forma de que su salvación y su amor sean eternos, de lo contrario, los dos se condenarán para siempre. Alucinado, pero convencido de que solo es un sueño, don Juan se encuentra con sus amigos Centellas y Avellanada a quienes invita a cenar junto al Comendador ya que se jacta, él siempre interpretando su papel de machito alfa, de que no tiene miedo a los fantasmas. Cual no es su sorpresa cuando en mitad de la cena se escucha un aldabonazo, y aparece el fantasma del Comendardor para llevarse a don Juan a los infiernos. Don Juan se lo hace encima, porque en el fondo no es el que dice ser. Y es entonces cuando aparece doña Inés, que no solo perdona lo que ha hecho a su padre, sino que media para salvar su alma.

Doña Inés se transforma en la heroína absoluta, su amor es puro, incondicional,  lo perdona todo, el asesinato, las mentiras y el olvido. Ante su presencia, todo el arrojo y la valentía de don Juan quedan en nada, y más con su arrepentimiento postrero, en el que le vemos vencido y aterrorizado ante la ira de Dios, renunciando al infierno, pero también a sí mismo, a su tan cacareada naturaleza rebelde, indómita y salvaje.

Don Juan al final de la obra se nos queda en nada, es un muñeco desinflado y patético, al lado de la fuerza y el amor arrolladores de doña Inés que lo arriesga y lo da todo.

En esta historia, y me temo que en todas las historias no hay transformación posible, solo caen las máscaras, hasta que aparecen los verdaderos rostros. La grandeza y la generosidad de doña Inés, la mujer valiente, que perdona y que espera incluso después de la muerte, eclipsa al héroe romántico que queda convertido en poco menos que un guiñapo.

Por cierto, ¿os imagináis si hubiese sido al revés? ¿Conocéis algún personaje literario masculino que ame y perdone a su amada díscola y que la espere más allá de la muerte? Ya. Yo tampoco. Las mujeres fatales me temo que no tienen derecho a la salvación ni a la redención, no tienen más destino que la muerte, pero eso es otro artículo.

Siguiendo con don Juan, no es que se produzca mutación de libertino sino que el amor hace que se rebele su verdadera naturaleza y eso es lo que al fin termina redimiéndole.

Doña Inés, como todas, se siente atraída por el crápula que ha vivido demasiado y tiene mucho que contar, pero en seguida se da cuenta que ni es el hombre que dicen que es, ni el hombre que él mismo cree ser. Y realmente no lo cambia, ni lo domestica, ni se dedica a atarle en corto y a controlarle para evitar ser engañada. Ella solo ama, se arriesga y cruza hasta la última frontera donde lo espera, tal y como es. Por eso, ella es la gran heroína de este drama, la que gana, la verdaderamente admirable, la que consigue que el pobre don Juan, reducido a lo que en esencia es, un pobre pelele, encuentre su sitio en alguna parte: aunque sea en algún lugar del cielo.

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Novelillas

Novelillas (Artículo publicado en el nº 2 de la Revista Amor Fú) http://www.amorfu.es http://amorfu.wordpress.com

Por Gema Samaro

El otro día, al comentarle a alguien que escribía novelas románticas, me confesó con el clásico gesto desencajado del desbordad@ por la vida: “Yo también quiero escribir novelillas, pero el trabajo, la casa, los gemelos, el perro, la gata, los jacintos, la azaleas… La vida… Ya sabes…”.

Sé. Vaya si sé.

Y entonces me acordé de una de las reinas de las novellilas, Barbara Cartland, a la que le dio tiempo a todo: a casarse varias veces, a diseñar aviones, a  comprometerse hasta las pestañazas postizas con distintas causas… y a escribir casi novecientas novelillas.

Qué tía la Cartland…

La editorial M-Y Books publica en el Reino Unido su obra completa compuesta por novelillas de puro romance y sin una pizca de sexo, que escribía a razón de dos al mes. ¡Y sin rechistar! Y qué novelillas… Ella en su autobiografía confesaba: “no se compliquen con mis novelas. Son todas iguales”. Pues sí para qué engañarse… “Mis novelas hablan de amor puro –decía la Cartland en una entrevista-, el romance es lo que importa. El sexo significa cosas sucias, sucias”. Y por ende: “A ninguna de mis heroínas le está permitido acostarse antes de la boda”.

Cuando leí la noticia de que se publicaba su obra completa pensé: ¿Novelería blanca en tiempos de Grey? El director de la editorial lo explicaba a renglón seguido: “Barbara Cartland es una autora única, conocida en todo el mundo por su escritura puramente romántica y porque sus novelas son adecuadas para todos los públicos”.

Lo traduzco: 50 Sombras es un cuento de hadas revisitado mil veces, no apto para menores ni para paladares exquisitos, pero un cuento de hadas al fin y al cabo, una historia como las de las novelillas de la Cartland repletas de cenicientas que acaban comiendo perdices en mansiones Tudor, después de la boda, por supuesto, porque antes de la boda ya sabemos que sus heroínas no comen nada de nada. Y desde esta perspectiva, la apuesta editorial tiene sentido: los cuentos de hadas son atemporales y después de todo nos mola que nos los cuenten muchas veces.

Ahora además, parece que todo el mundo quiere contarnos cuentos, sus propios cuentos, el mismo cuento, y supongo que por eso proliferan las guías y los manuales para escribir novelillas, en las que se nos enseña lo fundamental de la técnica: la planificación, la estructura, del punto de vista… que está fenomenal, pero que no sirve de nada si no estás hecho de otra pasta.

Porque para escribir novelillas, además de dominar la técnica, hay que tener la piel gruesa y la espalda de estibador para soportar cosas como: “tu novelilla es previsible, aburrida, truñesca-castañera-petardesca, tus personajes son planos, tus escenas son olvidables, no conozco a nadie al que regalaría esa cosa que has escrito y que ni con un palo sería capaz de tocar…”, se necesita paciencia, perseverancia, honestidad, autenticidad, humildad… y un vestido rosa de lentejuelas y plumas y un chihuahua que haga juego con tu sombra de ojos.

Barbara-Cartland

Me fascinan las imágenes de Barbara Cartland con sus pestañones postizos y sus tres toneladas de maquillaje, con sus trajes de noche y sus plumas en su salón de Camfield Place, un casoplón en las afueras de Londres, donde vivía rodeada de muebles antiguos, cuadros, y flores y chihuaha disecados.

Me encanta verla tumbada en su sofá vestida de tiros largos y dictando sus novelillas de puro romance a una diligente secretaria que jamás suspirará por nada.

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Pero en cambio ella… Era una mujer conservadora, con un discurso rancio y trasnochado, pero también era muchas más cosas.

Me flipa la joven Barbara que junto a dos oficiales de la Real Fuerza Aérea diseñaron el primer avión-planeador remolcado por vía aérea (por el que recibió el Premio de la Industria Aérea Wright por su contribución al desarrollo de la aviación), la que obtuvo el Certificado de Mérito del Comando Oriental por los servicios prestados durante la Segunda Guerra Mundial, la que más adelante luchó por los derechos de los gitanos y logró una ley del parlamento, la que contribuyó a la mejora las condiciones de matronas y enfermeras, la que fundó y presidió la Asociación Nacional de Salud del Reino Unido, la que logró la Medalla de Oro de París, por sus 25 millones de libros vendidos en Francia, la que fue nombrada Dama de la Orden del Imperio Británico por su contribución a la literatura y por su trabajo para la comunidad…

Casi nada.

En fin, que cuando escucho lo de los gemelos y los jacintos, siempre pienso en esta señora y suelto la misma sentencia: no te queda mili para escribir novelillas…