Mes: marzo 2014

Sin manos

 

 

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El presidente de China y su esposa están por primera vez de visita oficial en Holanda y la reina les ha recibido sin manos. La moda de ponerse el abrigo sobre los hombros ha amputado las manos de Máxima, que parece incómoda y desubicada, frente al aplomo y el poderío de Peng Liyuan, cantante de ópera y esposa del Presidente chino.

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Máxima no puede ser más trendy, se ha puesto hasta el turbante, va impecablemente a la moda y Peng Liyuan se parte de risa, mientras piensa que ni por exigencias del guión se quedaría ella manca.

Fotos: http://www.hola.com

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Condicionar la lectura: sobre la imposición de los rostros

La Fundación Mapfre exhibe una muestra fotográfica de la artista canadiense Lynne Cohen desde los 70 hasta la actualidad. En su obra los espacios son cruciales porque a “partir de ellos expresa su deseo de no transmitir indicios que condicionen la lectura de la obra por parte del espectador, dejando imaginar o intuir las historias y las personas que allí estuvieron presentes”.

Esta forma de concebir la fotografía, me ha hecho pensar en la moda de poner el rostro de actores y modelos a los protagonistas de las novelas. Como lectora, lo detesto, no me gusta que me condicionen de esa manera, prefiero imaginar y elegir el rostro que me plazca.

Por eso, ahora que tengo que promocionar mi novela prefiero sugerir imágenes alusivas a escenarios, a momentos, a sensaciones y emociones.

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Y que cada cual se imagine los rostros…

¿Qué  opináis vosotros?

¿Os gusta el mosaico que me ha hecho Victoria Serrada?

Ay qué poco queda ya para que conozcáis la historia de Lily y Milos. ¡Tengo unas ganas!

Si queréis ir haciendo la reserva para tenerlo el mismo 13 recién sacado del horno, aquí van los links:

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Atraco imperfecto

“La última línea del espejo” sale el día 13 de marzo, es la continuación de “Entre las azucenas olvidado”, aunque se puede leer de forma independiente, y arranca con un atraco imperfecto.
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La mañana era tan perfecta que ni nos inmutamos cuando un tipo con una bolsa de papel de una hamburguesería en la cabeza salió a nuestro paso:

  —Fjewisfgielikie —dijo el tío de la bolsa.

Eva y yo nos miramos y soltamos una carcajada. El señor se había hecho dos agujeros para los ojos y había abierto una ranura para la boca, pero la bolsa se había ladeado de tal forma que no se le entendía nada.

—¿Podemos ayudarle en algo? —preguntó Eva, sin poder contener la risa.

—Kefjeiwsfejiowe.

—Disculpe, ¿se podría quitar la bolsa? Es que no le oímos —propuse llevándome el dedo índice a la oreja.

El hombre se ajustó la bolsa para que coincidiera la abertura con la boca y, de nuevo, se dirigió a nosotras:

—Buenos días, señoras —soltó con una inclinación de cabeza que por poco hizo que la bolsa saliera disparada.

Nosotras rompimos a reír, mientras el tipo volvía a ajustar la bolsa a la cabeza.

—Buenos días. —Logramos decir al fin.

—No quiero asustarlas…

—No, tranquilo. No nos asusta… —repliqué sin poder reprimir la carcajada.

Era un tipo alto, atlético, joven a tenor de su voz, de sus manos y de su vestimenta, una camiseta de rayas y unos pantalones vaqueros desgastados.

—Siento abordarlas de esta forma, pero no me queda más remedio que hacerlo así.

Ruido y furia

Fabulo a todas horas, invento, miento, urdo, planeo, no dejo de escribir nunca. Incluso en la nada más absoluta, me he contado como la idiota que soy, relatos de ruido y furia, como el que te estoy contado ahora.

Escribo para intentar vender los jirones de mi tormento y mis esperanzas vanas. Vivo en un cuarto lleno de mierda, acumulando recuerdos, sin más porvenir que un ordenador con el que tejo historias que espero que reporten un pasaporte a un futuro del que tampoco espero demasiado.

Creo que escribo novela romántica porque si escribiera lo que de verdad llevo dentro sería una novelista apocalíptica atrapada en en paisajes post-atómicos poblados de perros flacos y ciegos.

Solo soy la dueña de mis inventos, solo soy libre cuando tengo los dedos sobre las teclas. 

8 de marzo. Nuestro día.

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Un 8 de marzo de hace unos cuantos años visité por primera vez la torre de la Hora del palacio ducal de Pastrana donde estuvo encerrada la princesa de Éboli. Conocía su historia, pero esa visita me marcó tanto que no paré hasta que reuní la documentación sobre su figura. Necesitaba saberlo todo sobre esa mujer que se atrevió a tomar el camino indebido, a ser diferente, a alzar la voz, y tuve la suerte de conocer al profesor José Luis García de Paz, experto mendocista, y recientemente fallecido, al que siempre estaré agradecida por su generosidad y por su ejemplo, quien me facilitó el corpus teórico. Lo leí todo o casi, porque bibliografía sobre el período filipino es inagotable, pero había tantas piezas sueltas que decidí armar el puzzle, un ensayo de más quinientas páginas que aún sigo retocando, pero que ya muy pronto verá la luz.

Cada vez que leo esta carta de la princesa siento que así tiene que ser:

“Aunque metida en estas paredes y privada de libertad, hijos y hacienda, no de sentidos ni de mi autoridad y pundonor, y llena de razón y de justicia, con la cual y con la certeza que tengo de que Su Majestad ha querido y envió aquí a Vuestra Merced a que me la guardase, me hace dar gritos a Dios al cielo y a la tierra y al rey que en ella tenemos, de que una verdad tan grande como la que trato se me haya con tanta fuerza querido oscurecer”. Ana de Mendoza, Princesa de Éboli

Laurel Thatcher Ulrich dice que: “La historia no es sólo lo que sucedió sino lo que las generaciones posteriores deciden recordar”.

¿Qué hemos decidido recordar de la princesa?

Para mí sobre su complejísima figura pesa demasiado la novelería, las falsedades y los mitos y los arquetipos.

Por eso me decidí a escribir su historia…

La mujer más relevante de la corte de Felipe II, nacida en uno de los principales linajes, que se casó a los catorce; que tuvo diez hijos; que enviudó a los treinta y tres; que se metió a monja; que ya de regreso a la vida civil se rebeló contra las constricciones de su tiempo y accedió a las más altas esferas de poder; que administró sus estados; que fundó monasterios; que protegió una floreciente industria de la seda; que pleiteó; que planeó estrategias matrimoniales para sus descendientes; que fomentó y protegió el futuro de sus hijos; que se involucró en tramas de venta de secretos, cargos y favores junto al secretario de Felipe II, Antonio Pérez; que intrigó para la sucesión al trono de Portugal; que se la implicó en el asesinato de Juan de Escobedo; que no se doblegó ante el rey; que se la depuso de la administración de sus estados; que se la cuestionó su juicio y su moralidad; que fue espejo de miedos y ansiedades por su poder; que le fue privada su libertad, sin que por ello dejara un solo día de dedicarse a sus vasallos de Pastrana y al desarrollo de sus estados, ni de defenderse valiéndose de sus contactos políticos y familiares y de todo su conocimiento del sistema legal; que desde los treinta nueve años hasta su muerte con cincuenta y dos, padeció una condena a cadena perpetua sin previa condena judicial ni formal instrucción de causa procesal alguna, sin que mediara proceso ni defensa, por orden de un rey que disponía a su antojo de sus súbditos pues Dios había delegado en él su poder; un rey antiaristócrata, que monopolizaba la concesión de la gracia, atrapado en las contradicciones del sistema de organización administrativa de la Monarquía.

Una mujer que amó y odió, río y lloró, dudó, triunfó y fracasó, que fue fuerte y frágil, inocente y culpable, que tuvo coraje y miedo, angustia y valor y que finalmente murió por defender su independencia y su libertad.